Como seres que existimos en diferentes planos, espiritual, mental, emocional y corporal; todos se encuentran unidos y vinculados a nuestra esencia o a nuestra alma, siendo manifestaciones de mensajes, información y señales desde el mundo espiritual.
Pero si tan solo pudiese ser fácil leerlos, detectarlos, para así ir corrigiendo nuestro camino cuando nos hemos alejado de él.
Estamos tan apegados a la información que transita en códigos convencionales, que esta sutileza pasa inadvertida.
Es así como la ansiedad, que es un estado de alerta, nos viene a informar a señalar que no estamos comprendiendo en realidad lo que es la vida. Cuando sobre dimensionamos el peligro y la amenaza, cuando creemos que podemos tener el control sobre lo que vivenciamos en la vida, cuando creemos que hay experiencias que deberíamos tener y otras que no, cuando catalogamos las situaciones como positivas o negativas, olvidándonos que la vivencia de la experiencia en el momento presente se traduce en el aprendizaje que vinimos a tener. Se convierte en un desafío el poder confiar, soltar y entregarnos a esta sabiduría superior, olvidándonos que somos tan ignorantes.
Si tan solo fuese fácil volver a conectar, estar ahí, este mundo sería el paraíso que debemos reclamar y que está destinado a nosotros.
Pero la vida es un constante movimiento que no puedo detener, palabras que marean mi mente, obligaciones, responsabilidades que me exigen constantemente y me sacan de ese estado pleno y tranquilo, donde la calma es la única regla; y sin tener un mapa, sin conocer las coordenadas, me pierdo en el camino y me alejo del lugar que más felicidad me ha permitido conocer.
Pero cuando logramos hacerlo, logramos fluir, nos conectamos con la magia de los momentos, con las sincronicidades milagrosas, con las experiencias sagradas que nos llevan a pensar que la vida es algo más que lograr el control y la seguridad, y en ese fluir nos sorprendemos, caminamos por caminos que estaban destinados a ser recorridos, nos conectamos con seres que estaban destinados a acompañarnos, sintiéndonos asistidos en todo momento por una fuerza mayor, que nos muestra que incluso la experiencia más dolorosa no puede dañarnos si estamos